Aprender a convivir

Se suele decir que Francia y Rusia fueron los primeros países que, en el siglo XVI, tuvieron un organismo que pudiéramos llamar hoy “ministerio de asuntos exteriores”, es decir, una institución de gobierno referida a la diplomacia. Y que es la diplomacia? Puede ser muchas cosas, pero una de raíz fundamental. Reconocer de partida la alteridad. Reconocer al otro y en el otro a un igual. Con el que plantear dilemas, trilemas y problemas. Y buscar soluciones, si eso. Es por ello que es muy difícil (cuando no imposible) hablar de diplomacia ligada a la fé, en tanto que la fé suele sustentarse en UNA verdad revelada, excluyendo las demás como falsas. De ahí que las guerras de religión hayan sido de lo peor que ha tenido la humanidad. La cuestión está en ser capaces de ver en el otro un igual, apelando a la diplomacia, aunque no se la denomine así. Con el tiempo se le ha acabado por llamar de otra manera. Derechos humanos.

Cuanto menos resulta sorprendente que cuando se dice que todo se pone en cuestión y la sociedad se hace postmoderna y va más allá de la razón, debería quedar claro que primero hay que pasar por la racionalidad. Y entender que si se pone en cuestión todo, para reconstruirlo, a un estilo de lo que hizo Descartes al dudar de todo y partir de ahí, se debe dudar de todo, sin salvaguardas ni prejuicios. Aunque también debe quedar claro que no se puede hacer tabla rasa de absolutamente todo. Ni siquiera Adán existió. En la propia Biblia, en el Génesis, hay suficientes discordancias para declararlo, como poco, Ciencia Ficción. Y la ciencia descarta el Adán mitocondrial. Por más que se use ese nombre. No es cierto. Hay que saber el punto medio. Y en ese equilibrio, que es de construcción social, como casi todo en la realidad que es objeto (y sujeto) de estudio de las ciencias sociales, es donde hay que convivir.

El ser humano nace, se desarrolla y muere en comunidad. Más grande, más pequeña … la primera la propia familia. Pero luego hay otros círculos, más o menos concéntricos, o que comienzan a desarrollar diagramas de Ben, de encuentro con otros seres, haciendo una red de contactos, conocimiento y reconocimiento mutuo. Y por tanto, hay derechos del individuo y del colectivo, del ser humano y de la comunidad. Porque no sólo hay seres humanos, también hay grupos humanos, diferentes, por más que, con el tiempo, desaparezcan comunidades, idiomas (que son formas diversas de visualizar y explicar el mundo, no sólo un “mero” formato de comunicarse, sino, también, de transmitir el mundo a los demás) hay que preservar la diversidad humana como se preserva la diversidad biológica. Porque es justo y necesario.

La humanidad se desarrolla por sedimentación, y mediante ella, las naciones, que no son una novedad en el mundo, por más que el concepto, sobre todo en su vertiente política, sea una realidad del siglo XIX, se van posando en muchos elementos que hoy llamaríamos cultura. Son procesos muy largos, en la escala humana, por más que son muy cortos si lo comparamos con la cronología del planeta Tierra. Son cosas relativas, según el prisma con el que se mire. Es dificil encontrar comunidades humanas constituídas por una sóla realidad unívoca. Y por más que las universidades lleven tal nombre (una sóla versión del universo) la pluralidad es intrínseca al (casi) todo). Y por ello es necesario aprender a conllevarlo. No, a integrarlo, como un valor positivo. Ser diferente y distinto no es bueno ni malo, es una realidad. Y esa realidad hay que saber gestionarla. Ejemplos de lo contrario hay muchos (cátaros y agotes, sin ir más lejos). Es hora de ver a través de la bruma, mirar el espejo y responder a la verdad reflejada en el, y no lo que nos gustaría que apareciera. Un baño de realismo.

Para la convivencia en un espacio común, las reglas deben ser asumidas y compartidas por una mayoría sólida y permanente, sostenida en el tiempo. Porque sino estaríamos dando las llaves de la convivencia a los muertos, y esto ya está resuelto desde los tiempos en los que vivía DeMaistre y Balmes, cuando en la Asamblea francesa al apelar al espíritu de la historia, se reconoció que la revolución francesa ya había cumplido cien años. Si, con sus luces y sombras. Nada es perfecto, porque está hecho por humanos, y por tanto perfectible. Por tanto, el pacto de convivencia se puede, es más, se debe renovar. Y no sólo por el plebiscito diario de Renan, sino porque el mismo Jefferson afirmaba que cada generación puede hacer su propia constitución. Sirva el principio, para que la convivencia se regenere de tanto en tanto, sobre las mismas o nuevas bases, dependiendo de la voluntad de los (nuevos) constituyentes. El problema deviene cuando uno es incapaz de hacer un cambio dentro de la ley. Modificar la norma sobre la base de la norma, y la única salida que dejan para hacerlo es por el carril externo. Eso no es el problema, sino el síntoma de un problema enorme, respecto a la propia convivencia.

Llegados a este punto debe quedar bien claro que no es posible convivir sin cambios. La realidad siempre es cambiante. Por ello hay un viejo lema que dice beberé agua siempre fresca de la vieja fuente de siempre. La fuente es la de toda la vida, pero el agua se renueva y nunca fluye la misma dos veces por el mismo punto. Una concepción pareja de la diplomática es la foral. Ni yo sobre ti ni tu sobre mi, no imponer no impedir. Y el significado viene a reflejar la necesidad de dialogar, acordar y pactar, entre diferentes. Entre los diferentes que haya. Porque si la vocación es la convivencia, debe respetarse la vocación de pervivencia y perdurabilidad del distinto de esa diferencia en las generaciones futuras, y que no se pierda, como una lágrima en la lluvia. Y eso se hace desde la libre disposición a renunciar a la unicidad y abrazar la pluralidad. Y saber llegar, tejer y alcanzar acuerdos integradores, no para el hoy, sino para una generación, al menos.

En la segunda mitad del siglo XX y primer quinto del siglo XXI la batalla por los derechos humanos, tanto individuales como colectivos (como se desprende de los documentos de 1948, 1950 y 1966) a la luz de la realidad, no han cedido ni un sólo momento. En buena medida porque la realidad, bien tozuda, nos enseña que llegar no es alcanzar la cima, bajar y ya está. Cada cierto tiempo hay que volver a subir. Como muestra cíclica de compromiso con unos valores, que no se pueden dar por supuestos, sino desde la práctica. Defenderlos y avalarlos con hechos una y otra vez es la mejor muestra de fe, al estilo de cierto santo que tuvo que ver para poder creer. Es por ello que hemos de ser humildes y no dejar de ver que el problema, si, de convivencia, ha reventado, y hay que solucionarlo. Por el bien del conjunto. De la comunidad. Si se quiere que siga siéndolo. Y no será desde la fuerza, sino desde el consenso. Sino, no durará. No será sano, sino perecedero. Dudo que sea la voluntad de la mayoría.

Si los valores declarados son de aplicación, si esos valores que se dicen predicar y que están en los textos legales, que no sagrados, si se cree que se puede ir de la ley a la ley, por más que fuera de la dictadura a una forma de democracia, si eso se cree, puede irse de la ley a la ley de una democracia a otra más perfecta, a una unión más perfecta. O no será. Pero será doloroso, como lo fue en el siglo XIX (lean españoles que no pudieron serlo, de Ullate Fabo). Hacer el arte de lo posible es la política. Ponerle voluntad. Ser pedagógicos, y entender lo que es real de lo que es ideológico. Y sobre todo ser capaces de, desde diferentes puntos, a través de diferentes travesías, ser capaces de llegar a puntos centrales de encuentro compartidos. Ese es el fondo de la convivencia. Puntos de encuentro que la mayoría de la sociedad comparta. Como pretendió ser el espíritu de la constitución de los españoles, de 1978. Donde cupiera gobiernos de diferente signo sin cambiarla, como había sido el sino de los pronunciamientos (y golpes militares) en el siglo XIX. Y pudieran desarrollar una política y otra. Ese debe ser el horizonte. Pensando que si bien los catalanes en su momento aprobaron con mayor pasión esa constitución, ese mandato no es eterno. Y que los navarros apenas sumaron un poquito más del 50% del censo. Y bizkainos, alaveses y gipuzkoanos, en conjunto, poco más del 30%. Normas de convivencia para la integración. También de andaluces, leoneses, granadinos, segovianos, extremeños y canarios. Y otros.

Es difícil decir sin hacer. Y lo que se dice, hacerlo. O sino, callar. Que la ruptura del silencio sea para mejorar lo existente. Y si la vocación y la decisión caminan de la mano, en buena hora hay que traducir esa realidad en reglas y normas de convivencia. Porque, de lo contrario, los viejos fantasmas no es que vuelvan de visita. Volverán para quedarse. Hay que aprender de la historia para tres cosas. Una, para saber de donde venimos. Todos tenemos historia, una, la nuestra. Ni mejor ni peor, más larga o más corta, simplemente, la nuestra. Dos, para entender que el pasado pasado es y lo hecho hecho está. Y no es un valor para sustentar nada. Y tres, que hemos de aprender de donde se cometió error. Y el pasado está lleno de ellos. Muchos debates que hoy se creen inéditos pueden haberse dado en el pasado, con otro ropaje. La piedra se olla por el ser humano tantas veces como el cántaro se rompe en el cuento de la lechera. Y además de buena memoria, completa memoria, para recordar, hay que afrontar el futuro y el porvenir. Porque es donde pasaremos el resto de nuestras vidas. Y la de nuestras hijas y nietos. Hagámoslo bien, por ellas y ellos.

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