Buenas noticias a las cunetas

Quien dice que no es posible que haya noticias estupendásticas que no salgan en los medios por falta de espacio y tiempo? Ah, si, estupendásticas. Estupendas y fantásticas. Aún no te llegó la nueva edición del diccionario de neolengua? No? Vaya, y eso que la primera edición es de 1984. Que se le va a hacer. No todo es necesariamente una conspiración para ocultar la realidad. A veces simplemente pasa que lo fanstácular … si, lo fantástico y espectacular se impone. Aunque sea un caso particular en un mar de “normalidad”. Hay buenas noticias, si, pero las malas venden más y mejor. De esa manera se fortalece el argumento (falacia más bien) de ser categórico en una dicotomía blanco-negro que se sustenta en “lo que ya sabemos”, es decir, los prejuicios. Y allana el camino a las denominadas “fake news”. O los bulos de toda la vida.

Hay quien afirma que en un debate, de los de verdad, académico, al responder, debes interiorizar parte de la respuesta de tu oponente en tu propia argumentación. Dicen que de esa manera muestras y demuestras que estás en la sala y eso no es un mero chroma. Si, en tiempos de la realidad virtual se puede hacer algo así sin que los dos tengan que estar en el mismo plató. Siquiera en el mismo continente. Que se lo digan a los hangouts y directos en youtube, que es la versión popular del asunto. Y es que soltar una sucesión de monólogos se ha convertido en una vomitiva ralidad de lo que ahora dicen en llamar debates televisivos, que no son sino otra cosa, el hecho de desvirtuar el debate para ponerlo en una suerte de extensión del circo romano, pero con diálogos.

Suele decirse tantas veces la apelación al juramento de Santa Gadea que aburre tener siquiera que mencionarlo, toda vez que cuando alguien solicita a otros pruebas de virginidad o de veracidad hasta límites insospechados, poniendo el corazón y las vísceras en la mano de un tercero “neutral”, nunca se apela a ese hecho. Posiblemente porque revela la existencia de León por derecho propio, y eso, en España, no es popular, y eso, si que sí, conviene ocultarlo. No neguemos que hay cosas que se ocultan por voluntad de algunos, por más que no todos estén en la onda de la historia. Es más “popular” y guay referenciarse a cierto pasaje famoso de un libro de un autor inglés contemporáneo de Miguel de Cervantes (ese que decía que el vizcaíno debe hablar en vízcáino) y que sucede por la bella ciudad de Venecia. Ustedes saben. Seguro. El problema está en que la realidad, parte de ella al menos, debiera ser evidente per sé. Sus bases al menos.

Veamos. Creer o no en la gravedad no va a implicar absolutamente nada, porque un no creyente de su existencia que salga al balcón de un piso en la torre Sears de Chicago y diga que según nosequien flota, pues su descenso a 9’8 m/s no se los quita nadie, como la tortilla que su cuerpo hará contra el asfalto. Lo mismo los que hablan de cosas tan exóticas como creer en la homeopatía, la tierra plana, la cosa esa germánica que dicen que curan por los sentimientos, la locura de beber lejía (MMS) y tantas y tantas pseudociencias que se basan sólo en la fé. Y en ese momento uno recuerda no sólo las navajas de ockham o hitchens, sino al elefante en el garaje de Carl Sagan. Que como hizo la serie Cosmos y es el autor de Contact, seguro que saben de lo que se habla. Porque están muy super duper informados. Hay realidades que son objetivas, sobre todo en ciencias naturales. Donde es posible aislar sujeto de objeto de estudio. Y en esto creer por fé debiera estar excluído de la vida pública. Así de claro y de sencillo.

Por otro lado, está claro que las ciencias sociales son más complicadas de manejar, dado que el método científico se choca contra la tozuda realidad de que los puñeteros seres humanos son sujeto y objeto de las investigaciones. De una u otra manera son parte de la investigación que llevan a cabo. Y como dicen en la pornografía, el “arma” más poderosa y dura no es ninguna de las que sus calenturientas mentes imagina … no, es precísamente esa. El cerebro. Es el “peor” instrumento. Porque la imaginación y la fantasía nos llevan a teorizar cualquier cosa, sin necesidad de pruebas. Por eso tenemos obras de ficción y de no ficción, realistas y no. Las artes descansan sus posaderas ámpliamente sobre la capacidad de visualizar y transmitir realidades que no son, que ni vemos ni nunca podremos, pero que son útiles, como entretenimiento, como hipótesis, o como campo de pruebas para cosas que luego observaremos en la realidad. Pero hemos de saber diferenciar la realidad virtual de la otra. Y en nuestros tiempos la delgada fina border line entre uno y otro se difumina hasta límites insospechados. La gente debe ser consciente de ello. Por su bien.

Está claro que las realidades cambian. Y esto no es ni bueno ni malo. Ni positivo ni negativo. Sucede, a veces, y ya está. Hay que asumirlo con naturaleza, con caballerosidad, y procurar beneficiarnos. En chino, la palabra crisis es una oportunidad. Y esa oportunidad nos ha de procurar adaptarnos a lo que viene. Sin duda, ahí está la imagen del barco con capitán optimista y pesimista. Si, a ambos les entra una vía de agua en mitad del trayecto. Y el pesimista dice … oh, mierda, nos vamos a pique. Y se pone a rezar. Y se pone en paz con su inexistente dios. Oh, Marco Aurelio, que gran filósofo ateo tuvo el panteón de Roma. El optimista ve claro que no pasará nada, porque no es tan grave como parece. Es primo lejano de cierto capitán que navegó … si, en el Titánic. Pero bueno, existe otro barco más, uno con un capitán realista. Que inmediatamente ordena que taponen o minimicen la abertura. Y tomar medidas para llegar a puerto, achicando el agua que entre. Sólo ese alcanzará la otra orilla. Sorprende que el alma de tanta gente se deje gobernar por cualquier cosa menos por su capitán realista. No garantiza éxito, pero, joder, eso nos hace condenadamente más humanos.

Hacemos sucesión de monólogos en casa, en la familia, en el trabajo, en el ginmasio, en pareja, en la asamblea de loquesea, en el encuentro con amigos. Por lo tanto, porque no lo van a hacer en radio o televisión? Porqué no lo iban a hacer “los políticos”? (si quiere mirar un político, mire un espejo) Y eso es lo que acompaña el blanco y negro. Categórico. Es como en la película sobre el tema del tabaco. En el que el padre polemista está a favor del chocolate y el hijo a favor de la vainilla. Seguro que la han visto y se saben el título. El hijo defiende la vainilla y que es su helado favorito. Y el padre, en vez de defender el chocolate defiende la libertad de elegir. Lo que en este caso es irse del debate. Pero “demostrar” que el otro está “equivocado”. Una especie de metadebate donde los argumentos son superfluos y no va a convencer a su “contrincante”, sino a hacer dudar, como poco, a los espectadores. Y eso es suficiente para “ganar”. El problema está en la insalubridad de este comportamiento. Cualquiera con dos dedos de frente lo vería. Siempre que hubiera aprendido el sentido crítico de las cosas. Es decir, a pensar por sí mismo.

Seguramente sea un anatema, pero decir en periodismo la palabra objetividad es un oxímoron. Es como poner democracia y creencia religiosa random en la misma frase. Son contradictorios. Pero aún así, el periodismo ha de ser veráz y sincero. Y transmitir las realidades de lo que pasan, con sentido común. Si van a hablar algo que afecta a una comunidad humana, sería bueno, en toda oportunidad y condición, contar con una opinión que represente a las realidades de las que se van a tratar. Obviamente, por ejemplo, si el tema es cambio climático, dado que el 98% de las publicaciones científicas están en la “conspiración”, es una barbaridad contar con un científico escéptico y un charlatán de feria. Es inequitativo. Hay que saber diferenciar formatos en según que tema. Y lo mismo, ese principio de prepacución, digamos, es el que hay que tomar a la hora de informar.

Empatía en esto no debiera faltar. Pues al fin y al cabo, hablamos de humanos para humanos. Usar el ad-hominem debiera procurar desterrarse. Y una vez superado esto, comprender y entender que muchas veces las informaciones que “quiere” el pueblo oir son diferentes de las que “necesita” escuchar. Y en eso la criba es fundamental. Por eso es necesario que existan medios públicos, además de los privados. Porque esta “objetividad sobrevenida” desde el “pensamiento público” no se lo puede imponer como un paquete cerrado a una empresa privada, que sólo debe dar cuenta a sus accionistas, y, tal vez, a sus espectadores. Eso sí. No debe mentir. Eso por supuesto. Pero son los medios públicos los que deben dar cauce a realidades que la pura vocación especulativa a la hora de relatar hechos pueden impedir ser visibilizados.

Vivimos en una época (que puede haber sido, en principios, que no en medios, obviamente, no novedosa en términos históricos) donde es prácticamente imposible seguir el hilo de una noticia de principio a fin. Comprender los fundamentos, orígen y razones de un asunto, mantener la atención hasta su resolución. No, no tenemos tiempo. Tempus fugit. Primun vivere, deande filosofare. Y así trocean y parcelan el mercado de la información. Muchas veces pisando el mismo callo una y otra vez, moliéndolo bajo la misma piedra, sin ofrecer nada novedoso, sino con la apariencia de novedad. Mismo caramelo, distinto envoltorio. Y las más de las veces, gente, en teoría seria y comprometida con la verdad, tira el caramelo ofrecido y coge el envoltorio. Como no iba a ser normal que al final sólo ofrecieran envoltorios de diferentes colores y tamaños? Caesar Flickerman es un maestro en todo esto. Seguro que os hace un briefing un día de estos, en vuestro programa de cotilleo favorito.

Hay veces que para volver al futuro hay que regresar al pasado. A las raíces, a los fundamentos, a cuando todo estaba más … no, todo no. Ser selectivos. Esa es la clave. Ni nunca todo está del todo bien ni del todo mal. Equilibrio. He ahí la virtud. Y ante ella hemos de demostrar que informar seriamente es posible. O bien evitando dar altas dosis de sesgo o bien diciéndolo abiertamente, y que la gente esté correctamente situada. Honestidad y transpariencia. Y que la gente debe aprender en casa y la escuela a pensar por sí mismo. Cuestionar la realidad hasta que la pueda confrontar con cosas que haya podido investigar por su cuenta. Desde la confianza científica de ciertas realidades que otros descubrieron antes de nosotros. Veremos más no por ser más listos o ser mejores, sino por alzarnos sobre los hombros de las generaciones pasadas, en su conocimiento. Y ver diferente. Con otros ojos. Y buscar mejorar lo existente. Sirva como principio.

En el mundo de las realidades líquidas y de lo fluctuante, aceptar los dogmatismos por fé no tienen menor sentido. Es por ello que debemos ser conscientes, estar despiertos, saber distinguir quien busca manipular de quien simplemente quiere transmitir conocimiento. Porque de lo contrario realidades tóxicas orillarán en zonas marginales de la realidad lo importante, lo bueno irá a las cunetas. Sin remisión ni indulto. Es importante porque, lo parezca o no, tiene repercusiones en la vida personal y diária de cada persona, mujer, hombre, anciano y niño. Porque es la base de su ciencia y conciencia para el no menor hecho de desempeñar el trabajo más importante, no remunerado, e ineludible de nuestra sociedad, y que es la base de la convivencia: ser un ciudadano.

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