Guanches del amor

Sorprenderá a los más ingénuos el como se parecen los así llamados liberales españoles a los conservadores y como los progresistas postmodernos a los viejos comunistas. Como decía Lampedusa, todo cambia para que nada cambie realmente. Y es que debe volverse a las contradicciones. Como se entiende vanagloriar las lenguas existentes en Europa la misma formación que sólo quiere ver y entender uno en el estado en el que vive y no ve las demás ni como riqueza cultural, que merezca una especial protección … respecto a los derechos de los ciudadanos que la usan? Como esta, muchas otras. Total, cuando Marta Sánchez cantaba eso de Guanches del amor … o era otra cosa? Ay, la memoria. Cosas de la edad, verdad?

Como se puede construir una nación desde la realidad plural en base al reconocimiento de un único pueblo? Desde la exclusión del diferente. Esto es tan antiguo como la nacionalización de los relatos históricos en el siglo XIX. Ni más allá ni más acá. Políticamente hablando. Claro que la negación de otras realidades viene de más lejos. Tanto como que cuando se inicia el viaje de la Pinta, la Niña y la Santa María, si bien se liquida con el Reino de Granada como entidad independiente (si bien no como algo asimilado, sino incorporado, pues después viene la guerra de las alpujarras, el intento de independencia de 1640, número de calle de Doc Emmet Brown, por cierto, y realidad hasta 1833 en las españas) medio archipiélago de Canarias está conquistado, y la otra mitad se mantiene fuera de las garras de Castilla. Es interesante. Matices como 1512 o 1714 merecen atención para saber diferenciar estado de nación. Y como en el siglo XIX quisieron colonizar la nación desde la unidad del estado. Porque si el estado no es uno, es fallido y desaparece. Pero dentro de un estado, puede haber más de una nación.

Guanches es un pueblo heredero de otras tradiciones culturales. Fuentes de derechos universales ha habido varias a lo largo y ancho del mundo. Una es la escuela del norte de áfrica, de la que se nutrieron los llamados griegos. Por cierto, los antiguos griegos, como los conocemos, no eran originarios del lugar, sino venían del norte, y eran de herencia aria. Entiéndase, no en terminos políticos de los años 30 del siglo XX, no, sino antropológicos. De las invasiones indoeuropeas. Del indo a Europa. Los indoeuropeos eran arios. Y por lo tanto, moradores de otras tierras e inmigrantes. Como muchos pueblos en Europa. Pocos han quedado de los europeos previos. Por lo que hablar con ligereza de tales o cuales términos debiera llevar a risa. Y los guanches son herederos culturales de esos norteafricanos, que, por geografía, comparten, por supuesto, hoy día. Nadie invitó a los castellanos. Como tampoco los portugueses tenían invitación. Ni el Papa, más bien un rey bien respaldado por un gran capo celestial, tenía en puridad nada que decir. Pero, y no sería la primera ni la última, hicieron un trapicheo de territorio y personas, a costa no de su dignidad, sino de su voluntad.

Si partes del hecho de que la razón está contigo, como antes dios estaba contigo (no hay que ver sino la primera guerra mundial, donde rusos, austro-húngaros, alemanes, italianos, británicos, franceses y alemanes, todos, decían tener a dios de su parte, y como cristianos que eran todos, debía ser la misma deidad. Delirante. Salvo por los millones de muertos, que merecen respeto. Si desde el dogmatismo de tener el poder y en base a ello disponer de lo divino y lo humano de los demás, el problema es de respeto a la libertad de las y los ciudadanos, en su derecho a ser y vivir en libertad. No es posible ni entendible que se prohiba legislar para comunidades territoriales concretas, encerradas en un territorio determinado, con principios universales para sus miembros, en tanto que comunidad, y a la vez aprobar legislación que proteja a minorías sociales, sectoriales, como pueda ser la mujer, los colectivos LGTBI y otros, rompiendo el principio de igualdad ante la ley. El verdadero problema se encuentra en que, si dependiendo de quien rompe con la legalidad, se va a asumir una respuesta u otra, entonces, es cuando el estado de derecho se fractura, y ese Estado pierde el sentido a su existencia. La razón no es única, en ciencias sociales, se construye colectivamente.

Se puede hablar y escribir mucho, pero la realidad se construye con hechos. Hechos que pueden ir en una dirección u otra. Y la vocación de servicio público se basa en que no se puede esperar al buen tiempo. Porque, que es el buen tiempo? Sólo cuando hace sol, no hay nubes, todo despejado y no hay amenaza de lluvia? Hay que hacer política, en cualquier escenario, por compromiso. Con las personas. Sino, las excusas, serán para que el momento sea nunca. Nunca es la coyuntura perfecta. Sin presión nunca. Por eso es la sociedad la que debe estar organizada, aún incluso, con la existencia de estructuras institucionales que vehiculicen sus demandas. Porque en lo institucional es fácil perderse en el día a día. Lo coyuntural te vence, y por ello hay que tener dos direcciones en los movimientos políticos. Una, institucional, que gestiona, y otra, de parte, de partido, que tiene la visión externa y de larga distancia. Como pueblo. Y un pueblo que recuerde las directrices. Con activismo social, y con su voto, llegado el caso. Hacer. Dura más.

Cuando el modelo de estado no funciona, se puede hacer algo nuevo desde la exclusión. Pero como se puede sostener algo que en la realidad no existe? Durante cuanto tiempo se puede intentar bajar el ideal a la realidad aplastanto la sociedad a la que se pretende defender? Como puede ser entendible que tras siglos de realidades menguantes, y no en broma, y por poderosas razones, no se haya aprendido a no hacer según que cosas, para no repetirlas? En el mundo hay normas y leyes internacionales de respeto a las realidades compuestas. No a hacer, amparar y respetar cualquier cosa, pero ni en un sentido ni en otro. Cierto es que tener más del 50% del censo en tu favor es un factor determinante. Pero pretender laminar una autonomía, su autogobierno, porque tu eres tu y los otros son los otros, es una vocación política de corte totalitario y sin base democrática, que se basa únicamente en la “necesidad” de aprovechar una coyuntura para implementar un programa político. Sin más. Y eso, que en principio, ni es bueno ni malo, en la práctica, va contra la convivencia cuando choca con la vocación mayoritaria de buena parte de las partes y del conjunto.

Los imperios más duraderos lo han sido cuando han asumido buena parte de las particularidades territoriales de sus gobernados. Como el imperio romano, como los británicos. Aprendieron de sus errores en las 13 “colonias”. Y por ello el modelo de convivencia, como dicen tantos acuerdos, pactos y normas de derecho internacional, se deben basar en la liberdad del consentimiento de los gobernados, ciudadanos libres e iguales, consentimiento que debe poder renovarse con el tiempo. Ciudadanos, que no súbditos. Ciudadanos que merecen ejercer sus derechos políticos en base a todos los artículos de la constitución, y no a los que más gusten, troceándola. Y no sólo eso, sino convertirla en piedra, contribuye a secar los hidráulicos que mantienen la nave en vuelo. Y sólo puede constituír el preludio de estrellarse. Al fin y al cabo, el desplome de un estado no es nada del otro mundo. Pasa contínuamente. “Sólo” es una molestia para los que viven debajo de su techo. Y es a ellos a los que corresponde procurar evitar ese desplome. Con política. Con decisiones. Con cabeza. Con la racionalidad.

Es necesario mirar el futuro desde la complejidad, desde la riqueza que da la diversidad, desde el convencimiento de que nada es necesariamente para siempre y que la historia no es una foto fija, sino cambiante. Y muchas cosas pueden cambiar. Más de las que uno o dos desearían. Es imposible amarrar realidades complejas a una sóla cuerda a muelle. Y el barco, si debe marchar, se irá, de una u otra manera. La labor es de seducción y no de imposición. De acordar y no de suplantar. Hay que reconocer que hay veces que el problema no es de elecciones, sino de una elección. Una sóla. Y es que para vivir juntos, hay que decidir vivir juntos. Y para convivir, sean personas, individuales, jurídicas, colectivas, da igual, es importante compartir realidades que los agrupen, que los identifiquen. Sin ello será inútil pretender respeto a símbolos y actas de unión sobrevenidas. Porque serán de lo más artificial sobre la realidad de construcción social que es todo hecho humano. Y porque el conflicto, como la energía, ni se crea ni se destruye, simplemente se transforma. Y se puede canalizar. Se puede aprovechar para lo positivo o lo negativo. Depende el enfoque. Y los guanches son un ejemplo, para España de como no hay que hacer las cosas. Ténganlo en cuenta.

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